Para hacer lo que sea que yo esté haciendo aquí, yo me entreno en plan olímpico. Intento publicar un texto de aceptable calidad al menos día por medio; eso demanda mucha preparación y parte de la preparación consiste en huir todo el tiempo y como del diablo de casi todo lo que pueda llegar a someter a mi pensamiento, ¿sabes? ¿Y sabes por qué? Porque si yo me dejo someter el pensamiento por la cantidad de dinámicas absurdas y primitivas que gobiernan nuestra vida cotidiana (y que lo único que buscan es mantener las cosas tal como están; y, ya sabes, tal como están no están pero que para nada bien), de lo único que voy a tratar yo aquí es acerca de lo que ya todo el mundo sabía y esperaba. Del blah, blah, blah. Del sí sí sí. Del jo jo jo y del ¡oh! ¡oh! ¡oh! Siempre hablando de lo que ya ocurrió y que es tan difícil de cambiar. Es lo que hay.
Pero el asunto, ¡oh!, es que aquí tienen que suceder cosas nuevas que no están sucediendo ni (a este paso) tendrían por qué suceder si alguien no se harta primero y comienza a explorar por fuera de la norma. Aquí yo no quiero tratar con textos predecibles, porque de ese modo estoy dando un mal ejemplo. La revolución comienza con uno, ¿no? Pues yo no estoy aquí para disparar las letras que esperas sino para acribillarte de justo lo contrario; siempre que esté bueno igual, ojo. De ese modo, creo, cabría la posibilidad de que comencemos a salir de este loop de mediocridad intelectual (y espiritual y de todo otro nivel menos el tecnológico) en el que vivimos hoy día.
Esto que yo quiero hacer, ahora mismo, no puedo hacerlo. ¿Por qué? Porque mientras hay por allí algunos que se rascan la parsimonia a seis manos y cobran de tu bolsillo cada mes, aquí estoy yo, haciendo 500,000,000 de cosas gratis. Lógico, las cosas están dadas para que quien quiera tocar una canción distinta a la que se viene tocando (y que permite rascarse la parsimonia de manera profesional) tenga que pagarse hasta el aire que intenta hacer vibrar con sus notitas.
A este menester, por ejemplo, también contribuye el que por aquí pasen “notedigocuántos” lectores diarios que son como fantasmas, que vienen a diario a espiar lo que uno publica pero siempre desde la sombra. No te digo cuántos vienen aquí a leer lo que se publica; tantos que hasta a mí me sorprende. Sin embargo, pareciera que los textos que aquí se publican fueran como perversos, como sadeanos, como si fueran un placer privado que me vengo a dar aquí en solitario, porque tanto en Facehook como en las demás plataformas 2.0 estos textos se comparten poco y nada, ¿sabes? Es muy loco, y un contrasentido; porque si uno está tan haaarto de la tontería que se proyecta a través de los medios masivos (tanto de la manera en cómo se exponen esas tonterías, como de la tontería de tema en sí), lo que podría uno bien hacer, primero, es realizar una búsqueda activa de otras voces que digan, quizás, “justo lo que a mí me hubiera gustado decir”.
Y entonces una vez halladas esas voces, promoverlas. Promoverlas hasta el hartazgo. Promoverlas para que los medios masivos se vuelvan obsoletos porque el mundo ahora se parece de nuevo a Ti y no, como ahora, al puto Dinero. Es básico llevar a cabo esta clase de políticas a nivel individual; porque si uno no es capaz siquiera de mover el puto dedo índice para hacer un click, uno se condena a vivir en la queja permanente, ¿sabes? Y, te digo, es en un todo comprensible esta tendencia a vivir de la queja permanente; es de lo más natural. La queja permanente y sin solución de continuidad le exime a uno de la responsabilidad de dar a luz al Mundo Nuevo, ¿mhm? La queja y ser niños eternos adoptados por padres políticos (aunque sean padres mudos y sordos y ciegos, como es el caso) es el modo más económico que podía hallar el ego para evitar la angustia de no saber qué coño deberías tú estar haciendo ahora con este hecho tan inexorable de que eres adult@.